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Relatos libres

Todo comenzó con una palabra, o una frase quizá, o una oración de sentido completo, la que me dio la clave para avanzar…No recuerdo bien cuál de todas ellas fue el detonante, pero el caso es que a partir de ese preciso instante tuve la necesidad imperiosa de sentarme a escribir…De una idea nació una historia, y esa misma historia fue creciendo en mi mente a pasos agigantados, y con ella sus protagonistas, concebidos en mi interior como los mejores arquetipos para dar vida a ese relato…Y así fue transcurriendo el tiempo, aunque para mí se había detenido en ese momento en el que mi imaginación empezó a vagar libre…

Demasiado bueno para ser verdad

Y entonces lo logré.

Lo primero que hice fue probarlo, pero no conmigo mismo, obviamente, sino con un mono, así que le di un libro con el marcapáginas, y cuando lo cerró, desapareció. Lo había logrado.

Unas semanas después, me invitaron a asistir a una convención anual de grandes inventos, por lo que decidí ir.

Allí presenté mi gran e innovador invento: un marcapáginas que al colocarlo en un libro y cerrarlo, te teletransportaba a la escena de esa página. Cuando acabé la presentación, la gente no se lo podía creer, y todos querían uno. En solo unos días ya se habían vendido cientos de miles. Unos lo usaban para visitar su libro preferido, otros para viajar en el tiempo y aprender algo más. Fue un gran éxito, aunque yo todavía no me atrevía a probarlo, por lo que me conciencié y ese mismo día lo intenté. Elegí un libro que contaba la historia de dos hermanos que vivían en la sabana africana, y situé el marcapáginas en una escena que según narraba el libro, parecía ser preciosa. Respiré profundamente y lo cerré. De repente, una extraña sensación comenzó a subirme desde los pies hasta la cabeza, y cuando ésta alcanzó la cima de mi cuerpo, sentí que flotaba. Después, se me oscureció la vista, y comencé a escuchar un pitido muy leve, pero molesto. Después de esto, me desperté en medio de la sabana africana, en la preciosa puesta de sol emitiendo un aura rosada que se reflejaba en algunos lagos del lugar, justo como se describía en el libro, y unos minutos después pasaron los dos protagonistas por delante de mí, pero no me vieron, creo que simplemente no podían verme. Aquello era increíble, lo que había creado era una maravilla con opciones infinitas. Podías viajar a donde siempre te habría gustado viajar.

Cuando el sol desapareció del horizonte, decidí volver, así que cogí el libro que tenía en mis manos, y lo abrí. Otra vez esa sensación comenzó a surcar mis venas hasta llegar a la cabeza, y, seguidamente, aparecí en mi casa.

Estaba emocionado, y con ganas de viajar en otros libros de mi gran estantería. Es por esto que elegí un libro antes de irme a dormir.

El siguiente libro que escogí fue uno que narraba los terribles acontecimientos de la segunda Guerra Mundial, pero era muy viejo, por lo que no sabía a ciencia cierta si iba a funcionar. Repetí el proceso y allí aparecí, en Varsovia, contemplando una gran fila de soldados Nazis asaltando la ciudad polaca. Me quedé impactado al ver cómo se podían cometer tantas crueldades. Es por esto que la rabia me superó e intenté detener a los soldados como fuese, pero me fue imposible, ya que ellos no me veían y yo tampoco podía tocarlos.

De repente, todo se detuvo, como si algo se hubiera estropeado.

La verdad, no me preocupé demasiado por si me pasaba algo, sino que tenía curiosidad por saber qué ocurría, así que salí del libro.

Inmediatamente vi como un trozo de la página estaba emborronado por algún líquido, y por eso se había detenido, como si de un carrete de película se tratase.

Así que quité el marca páginas de ese libro, y pensé qué pasaría si yo mismo escribiese mi propia historia. Así que me puse a escribir un corto relato sobre mi infancia, y luego me adentré en él.

La primera escena que vi fue a mi madre en el sillón que teníamos en mi antigua casa, y eché a llorar. Hacía ya diez años que mi madre había fallecido, y desde entonces, no había podido hablar con ella.

Mis lágrimas eran tantas que se manchó el papel en el que había escrito la historia y se volvió a detener, pero esta vez de una manera diferente. Las cosas que me rodeaban comenzaron a cambiar de forma y de color, para después evaporarse. Tras unos segundos, me encontraba en medio de la nada, mirase donde mirase, sólo se veía blanco y más blanco. Por un momento me asusté, pero se me ocurrió escribir algo en el papel mientras estaba dentro de la historia. Comencé a redactar mi infancia de nuevo, pero esta vez en el colegio, aunque no pasaba nada. Empecé a agobiarme, por lo que decidí quitar el marcapáginas, aunque tampoco respondió. En ese momento me quedé helado como una roca. Volví a colocarlo para más tarde quitarlo, y seguía sin funcionar. Estaba muy agobiado, atrapado en medio de la nada, así que decidí romper el papel, pero por muchos trocitos que hiciera, seguía sin ocurrir nada. Me puse histérico.

Comencé a andar en línea recta esperando encontrar algo, pero fue en vano, así que mi última esperanza era romper el marcapáginas, pero a la vez me daba miedo por si ocurría algo peor, aunque fuese mi única opción.

Lo rompí y entonces cientos de sonidos surgieron de la nada. Todos irritantes y molestos. Después, todo mi cuerpo comenzó a pesar más y más, y un gran dolor de cabeza me invadió. Grité con todas mis fuerzas, y volví al salón de mi casa, con el marcapáginas roto en mi mano, y un puñado de papeles rotos en el suelo.

Tras este acontecimiento decidí dar un discurso público en el que advertía a la gente de que debían de usar el marcapáginas con mucha cautela ya que podía llegar a causar grandes problemas.

Me costó mucho volver a tener confianza en mi invento, ya que casi no salí vivo de allí. Aun así la recuperé.

Durante unos meses estuve investigando qué pasó ese día con el marcapáginas, así que para arreglarlo tenía que investigar.

Volví a escribir la misma historia, la mojé con la misma cantidad de agua que la otra vez y ocurrió lo mismo. Troceé el papel y pasó lo mismo, es decir, nada.

Cuando rompí el marcapáginas comenzó el ruido molesto y el dolor de cabeza, pero no desaparecía, y tampoco salía del libro, por lo que me agobié bastante. Comencé a gritar y a gritar, pero nada funcionaba, entonces me desmayé, y fue entonces cuando me desperté.

Todo había sido un sueño, uno muy real y a la vez fantasioso, uno muy divertido y a la vez traumático, uno demasiado bueno para ser verdad.

Álvaro Medina

¿Por qué esperamos, por norma general, a que sea siempre demasiado tarde?

La vida nos pone delante unas 20.000 adversidades, pequeñas y grandes: desde que te deje tu marido a que te encuentren una enfermedad terminal. Muchas veces la vida te quita cosas pero tú no renuncias a ellas. Así es, porque sólo seremos fuertes y extraordinarios de verdad si estamos dispuestos a ser los últimos del pelotón. Sólo apreciaremos realmente a nuestros seres queridos cuando seamos conscientes de que tarde o temprano se irán, y sólo del mismo modo que, paradójicamente, sólo valoraremos la inmensidad de la vida cuando el hilo de esperanza que nos une a ella se torne frágil. Pero, ¡cuidado! Aún estamos  a tiempo de cambiar , y apreciar cada segundo como si fuera realmente el último. Las cosas excepcionales no surgen del poder, sino del montón donde están las personas que no aspiran a ser nada. Sólo seremos fuertes de verdad si estamos dispuestos a ser los últimos.

Es mucho más difícil rendirse cuando estás arriba que cuando estás abajo. Porque en una posición privilegiada la oportunidad de tenerlo todo es muy grande. El que está abajo no tiene que renunciar a nada, porque no tiene oportunidades. Intenta en la medida de lo posible hacer cosas hermosas. Cosas de las que te puedas sentir orgulloso, para que cada vez que las recuerdes, se dibuje una gran sonrisa en tu rostro. Porque no tiene sentido hacer la cosas si solamente te interesa el beneficio que ganarás después.

 Sé que una persona es capaz de no trabajar y ser igualmente feliz, o más. Es una elección. Los seres humanos somos como niños, de manera natural exploramos el mundo. Jugamos y escogemos la manera de jugar. ¿Podría no jugar a nada y pasármelo bien también? Totalmente. Estamos perfectamente capacitados para poder ser felices sin necesidad del dinero. Porque realmente tropezamos varias veces con la misma piedra, pero al final acabamos aprendiendo algo de la vida, ya que te puede cambiar de un momento a otro en cuestión de segundos, pero con ganas y una gran sonrisa y positividad, somos capaces de superar cualquier obstáculo que se interponga en nuestro camino.

“ No te acuestes sin haber aprendido algo nuevo”

Natalia Guillem

El ying y el yang

Todo está a oscuras. Decido encender la luz para ver dónde han caído mis peluches. En mi cabeza, tengo el esquema hecho para llegar hasta el interruptor de la luz. Voy hacia él guiándome por las paredes. No está. ¿Dónde estoy? Empiezo a agobiarme y decido darme por vencida, pero de repente encuentro el interruptor. La habitación se ilumina dejándome ver que no es mi cama. Fijándome en el primer detalle que encuentro, un dibujo del ying y el yang. ¿Qué habitación es esta? Nada de lo que veo es como yo recuerdo. Decido salir de allí. No conozco esta casa. No hay nadie. Encuentro la cocina demasiado ordenada y limpia para lo que yo estoy acostumbrada. Encuentro una nota que dice: “tienes el almuerzo en la nevera. Nos vemos a las hora de comer”. Me empiezo a agobiar pues no me cuadra absolutamente nada.

Salgo de casa y hace un calor de verano, en cambio todos van súper abrigados. Me acerco a un señor e intento preguntarle dónde me encuentro. Se lo digo en francés, castellano, valenciano e inglés, pero nada, sigue sin entender mi pregunta. Pasa de largo y sigue con su camino. Los coches llevan estampados y son grandísimos. ¿Qué es todo esto? Las piernas me empiezan a temblar pues todo es de otra forma y soy la única que no sabe el motivo.

Se me ocurre ir a preguntar al ayuntamiento, ya que mi madre trabajaba allí aunque como ya pensareis, no tengo ni idea de dónde puede estar. Veo un edificio muy bajo al que entra gente muy rica, por cómo van vestidas. Me acerco poco a poco y entro. El suelo es de cristal y se ve un acantilado enorme debajo de mí. Cada vez me propongo más rendirme. En ese edificio no hay nada más que un mercado en el que se venden a los niños, o eso parece. Por tal de no ser vendida me doy media vuelta y salgo de ese escalofriante sitio.

Van pasando las horas y las ideas se me van agotando. Cuando ya es casi de noche, me siento en un banco y dejo que mis ojos lloren todo lo que han percibido hoy. ¿Pero qué es todo esto? ¿Qué ha pasado con mi vida? Me duele la cabeza de pensar y encontrarle lógica a algo que no tiene sentido. Mi cabeza da vueltas y vueltas a lo sucedido. No sé por qué he despertado esta mañana en esa casa, tampoco sé por qué todo es tan distinto a mí y por supuestísimo tampoco sé a qué se debe todo esto.

Todo el día no ha tenido sentido y todas estas rarezas hacen que me dé por vencida en menos de veinticuatro horas. Sin ganas de nada me levanto de esa especie de banco. Algo cae al suelo. Una carta:

“Querida hija, perdón por el imprevisto. Estamos condenados a muerte por no haberte educado adecuadamente, vive tu vida, te sonreiremos todos los días desde el cielo”

No me puede estar pasando todo esto a mí. Mi madre me ha educado perfectamente al igual que mi padre. Es un laberinto sin una miserable salida. Lo he perdido todo en un día. He perdido la ilusión, mi casa, mi familia, mi pueblo. He perdido toda mi vida, y lo peor es que no sé por qué  razón.

Rendida de todo decido irme a esa casa tan rara que ha cambiado mi día y por tanto toda mi vida. Entro en ella. No quiero pensar más. Apago la luz fijándome solo en el dibujo del ying y el yang deseando que ojalá dentro de lo malo haya algo bueno y que cuando vuelva a despertar vuelva a la realidad. Aunque hasta mañana no lo podré saber.

Llúcia Castelló

El maravilloso destino

No pensé que lo haría nunca, pero aquella noche, bajo la mágica luz de la luna, me atreví a sentarme frente a aquella enigmática mujer, la cual empezaría a leer las líneas de mi mano… Sus grandes ojos marrones y su tímida sonrisa, me producían una sensación única y nueva, que jamás había experimentado. Solamente, ella y yo. Ya nos conocíamos, pero no de esa manera, nunca uno enfrente del otro. Para mí ya fue todo un milagro que ese verano empezáramos a hablar pero tenía asumido que todo se quedaría ahí, una amiga más. Se acabó el verano, al igual que nuestras largas, entretenidas y divertidas conversaciones. Las pocas semanas antes de empezar de nuevo el instituto, me enteré que ya andaba con otros y en esos instantes noté como una parte de mi sensible corazón, parecía romperse. Aun recibiendo esa triste noticia, intenté seguir y no darle más vueltas a lo que fue, pero en mi mente sólo aparecía ella, tan divertida y tan natural. Pasaron los meses y se acercaban las fiestas de mi ciudad y yo ya me iba olvidando de esa mágica mujer con la que se había acabado todo. Uno de esos días, íbamos a disfrutar del último acto antes de que empezaran las fiestas, estaba con mis amigos hablando y cuando me giré, la vi. Mi cuerpo empezó a temblar, hacía tiempo que no la veía… Empezó el acto y mis ojos solamente la miraban a ella, tan atenta en lo que veía y tan concentrada, hacían que volviera a recordar esas conversaciones de verano. Acabo el acto y se dirigió a mí, apoyo sus manos en mi espalda y mantuvimos una breve conversación… A la mañana siguiente, encendí mi teléfono, creía que estaba soñando pero ella me habló para que le pasara una foto. Así volvimos a hablar y todas las fiestas las pasé junto a ella, todas las tardes, todas las noches e incluso le acompañaba hasta su casa por las oscuras calles para protegerla y que no le pasara nada. Así empezó lo nuestro, un beso en la última noche… Empezamos con nuestra aventura. Quedamos varias veces, nos saludábamos, nos abrazábamos, la protegía del frío de la noche, fuimos a su casa, conversábamos de nuestras aficiones, de nuestros gustos, de nuestros familiares, de nuestros estudios y lo mejor eran sus imprevistos juegos para poder cogerme la mano y para poder robarme un beso. Todo fue perfecto; sus buenas noches, sus buenos días, la forma en la que me miraba, sus tonterías para que nos enfadáramos y al segundo nos reconciliáramos, su forma de mostrarme su amor… Pero empezaron los problemas; los días sin apenas conversaciones, las largas esperas para poder ver su contestación, los intentos de quedar y no poder verla… Me estaba empezando a poner en la peor situación de perderla de nuevo.

Definitivamente todo se acabó, sus pensamientos se nublaron y no quiso seguir intentándolo. Me dolió, pero lo vivido a su lado fue lo mejor que he podido experimentar y sentir en todos los años que llevo viviendo. Se empezó a distanciar, a intentar olvidar,  al igual que yo, pero sé que los momentos vividos y los recuerdos siempre permanecerán en nuestras mentes. Aunque cada uno haya tomado su camino, aún sigo sintiendo algo por ella y ese amor siempre estará presente porque fue el primero de muchos…

Victoria Bernabeu

La increíble historia de Miguel

Desde el momento en que nació, Miguel había sido un niño muy querido por todos por ser el primer hijo de sus padres y el primer nieto de sus abuelos. Siempre había sido un niño muy risueño, bueno y travieso. Tenía una buena relación con sus hermanas pequeñas Alejandra y Martina y sacaba muy buenas notas.

Pero conforme se iba haciendo mayor su carácter fue cambiando cada vez más; empezó a meterse con sus hermanas casi todos los días y sus notas cayeron en picado. Sus padres intentaron  hablar con él para saber lo que estaba ocurriendo, pero Miguel no se dignó ni a contestarles.

Un día Miguel llegó a casa con un humor peor que el de costumbre y la pagó con su familia; empezó a gritar y a faltarle el respeto a todos. Decidió encerrarse en su habitación y no hablar con nadie y se quedó dormido en la cama.

A la mañana siguiente abrió los ojos y no reconoció la habitación. Se levantó inmediatamente, salió  de la habitación y bajó por unas escaleras de madera hasta llegar a la planta baja de esa casa tan extraña, abrió una puerta blanca y se encontró a un hombre y a una mujer comiendo tostadas y bebiendo té.

Miguel les preguntó quiénes eran y por qué estaba él en su casa. Ellos se quedaron atónitos con la pregunta y se empezaron a reír y ninguno le contestó.  Miguel decidió huir, pero cuando estaba saliendo por la puerta el hombre le cogió del brazo bien fuerte y le dijo ¿Dónde te crees que vas? Ahora fue Miguel el que no contestó.

La mujer le dio una fregona y le dijo que limpiara toda la casa y que hiciera la comida que más tarde vendrían sus hermanas del colegio hambrientas.

Miguel no entendía nada ¿Quiénes eran esos dos? ¿Qué hacía él ahí?

Comenzó a limpiar. Cuando llegaron dos niñas a la casa y le preguntaron de malas formas si les había hecho la comida, Miguel afirmó con la cabeza. Se armó de valor y les preguntó quiénes  eran.

La niña que parecía más mayor se empezó a reír mientras la más pequeña le dijo ¿Eres tonto? Anda vete a limpiar. Miguel le repitió la pregunta hasta que la que antes reía le contestó diciendo: somos tus hermanas y esos de ahí son tus padres, dijo señalando el marco de fotos en el que aparecía la mujer y el hombre que había visto esa mañana.

Miguel les dijo que eso era imposible, que él ya tenía una familia maravillosa y empezó a llorar desconsolado y a arrepentirse de todo lo que les había dicho a su familia estos días porque en realidad ellos eran lo más importante para Miguel.

En ese momento sonó el despertador y Miguel saltó de la cama aliviado, ¡todo había sido un sueño!

Fue corriendo a la habitación de sus padres que todavía dormían y les pidió perdón y empezó abrazarles como no lo había hecho nunca.

María Reche

 En otro mundo

Me desperté en una habitación extraña a la mía, no era del color morado como yo siempre la veo, sino de un color amarronado y la pared de piedra, la cama donde estaba acostada no era como la mía, sino que era antigua, de madera, me levanté extrañada viendo como era la habitación en sí no estaba la lamparita de noche, ni siquiera había luz, la habitación estaba atestada de muchas antorchas de fuego, vi que había un espejo, me acerqué a el, miré mi ropa, era diferente, no llevaba pantalones negros vaqueros, sino que llevaba pantalones negros de algodón y como parte de arriba llevaba algo parecido a una chaquetilla de cuero negra, cuando me fijé en mí llevaba puesto un collar  y una figura de una llama de fuego ya que nunca lo había visto y llevado, no le di mucha importancia a eso, pero algo pasaba en mí, sentía algo correr en mis venas, como si mi cuerpo ardiera de fuego y entonces  en ese mismo instante entendí lo que me pasaba, tenía el poder de crear fuego en mis manos, y de momento salió una llama de fuego de mi mano, ¡No me lo podía creer! Podía controlar el fuego, era algo extraordinario y entonces decidí salir de esa habitación tan extraña. Salí y enseguida vi que no era la placita donde jugaba de pequeña, sino que era un terreno de tierra donde había algunos hombres luchando con espadas de madera. Me puse a observarlos con curiosidad y de momento sentí que alguien me hablaba:

-¿Ya habéis salido de vuestra habitación?-dice con voz graciosa-

-¿Dónde estoy?-pregunto fríamente, él sonríe y dice-Estáis en unos de los castillos más famosos del siglo XI, ¿No sois de por aquí verdad?-pregunta con curiosidad. No sabía qué contestar, si decir la verdad o mentir.

-Soy de otro reino y me perdí yendo a casa-le miro a la cara, entonces responde:

-Estáis mintiendo se os nota en los ojos-me mira fijamente, no sabía qué decir así que dejé que él hablara.

-Os recogí tirada en el suelo delante de nuestra muralla, así que contesta a mi pregunta:

¿De dónde sois o de dónde venís?-dice con cara seria, no tenía elección, así que contesté:

-Soy de otro mundo…-digo pausadamente, veo que me mira extrañado, mientras sigo diciendo-estaba en mi habitación y de momento empecé a sentirme mal y desde ahí ya no me acuerdo…y cuando me desperté aquí me di cuenta que podía controlar el poder del fuego-cuando acabé la frase, él me miró alucinado y al fin respondió-¿Podéis controlar…e…el fuego- dice entrecortado, afirmo con la cabeza y él pregunta:

-¿Cómo os llamáis?-yo respondo rápidamente-Me llamo Nieves ¿Y tú?

-Soy John, el rey de este castillo.-cuando dijo que era el rey de este castillo se me paró el corazón al instante ¿Un chico tan joven y rey? 

Pasaron días y John me enseñó todo el castillo, me enseñó cómo se vestían en esa época, su cultura, su comida y muchas cosas más y cada vez me gustaba más John. Era amable con sus caballeros, con sus sirvientes etc. Era valiente. Hasta que un día él me presentó a una mujer con el cabello rojo-Hola, yo os ayudaré a volver al mundo donde vivís-no sabía qué decir, por una parte quería irme de aquí volver con mi familia, pero por otra parte quería quedarme con John, el chico que me había enseñado tantas cosas… a combatir a manejar el fuego. La mujer de rojo nos guió hacia una puerta a través de la cual se supone que volvería a casa y no volvería nunca jamás a este lugar tan fantástico. Esta era una situación en la que nunca había estado, renunciar a mi vida normal o renunciar a vivir una vida de aventuras y de cosas nuevas. No tardé en decidirlo y de repente se volvió todo negro. En unos instantes abrí los ojos y lo primero que vi fue el colgante con la llama de fuego…y en ese momento lo entendí todo: Estaba en mi nueva casa.

Neus Lozano

Un sueño hecho realidad

Me levanté y mi ubicación no era la de un día normal, sino totalmente distinta, estaba en un lugar desconocido sin saber dónde ir ni qué hacer, tampoco tenía mi cuerpo normal sino que era uno totalmente diferente, me encontraba en una casa muy grande y lujosa que sólo estaría al alcance una persona de gran poder económico. Esta casa me sonaba de verla alguna que otra vez por las redes sociales, y es que me había levantado y ya no era el mismo de antes, sino que ahora era una gran futbolista llamado Cristiano Ronaldo, no sabía muy bien qué hacer, ya que todo esto era muy nuevo para mí y estaba desubicado, poco a poco fui por toda la casa y descubrí que era algo fascinante, ya que era tan grande que hasta te perdías dentro de ella, también tenía un gran exterior y una dama de casa la cual me fue indicando dónde se encontraban las cosas, pero lo difícil aún estaba por llegar, ya que todas las tareas y trabajos tendría que realizarlos, yo sin saber ni cuáles eran, pero lo primero que hice fue coger uno de sus preciosos vehículos, los cuales eran de muy alta gama y recorrí la ciudad con él, no fue una buena idea ya que no era consciente de lo que podía suceder, y efectivamente sucedió, mientras paseaba mucha gente venía hacia mí y me pedían autógrafos, fotos y muchas más cosas, yo lo hice, pero al final supe que era mala idea ya que la gente no se marchaba y cada vez acudía más, finalmente, tras muchos empujones, conseguí escapar y poder volver a casa.

Cuando llegué le pregunté a la dama de casa qué era lo que tenía que hacer y dónde tenía que ir, ella me enseñó una agenda en la cual tenía muchas cosas que hacer y las cuales no había hecho, lo siguiente que me tocaba era ir a un entrenamiento, lo que me hacía mucha ilusión, jugar con gente con niveles tan altos. Cuando llegué yo estaba fascinado de ver a esas estrellas, con los que tantas veces había soñado y ahora yo formaba parte de ellas, aún no me lo acababa de creer pero era cierto, cuando acabé aquel entrenamiento fui a mi casa de nuevo y me encontré con mi familia, a la cual no conocía demasiado, aunque fue muy fácil adaptarse ya que ellos me trataban con normalidad pues no sabían lo que sucedía.

Por la noche, en la cama, no me acababa de creer muy bien lo que había sucedido y por qué me encontraba allí, qué habría pasado con mi familia anterior y miles de preguntas más….

 Adrián Galiano

Manta y precinto

Son las 9 de la mañana, una hora más tarde de la apertura del museo de arte de la ciudad. No es un día normal ya que la obra más importante del edificio ha desaparecido.

La plaza que hay enfrente está repleta de policías que han acordonado la zona. Fuera de ésta, hay mucha gente preocupada por el incidente, entre ellas, periodistas. Las calles aledañas al museo están cortadas al tráfico. Hay una ambulancia al lado de la puerta principal y las personas que había en el interior del edificio se han quedado dentro sin poder salir, incluidos los visitantes, los trabajadores del museo y el señor de la ambulancia.

Mi amigo Gonzalo y yo somos detectives reconocidos a nivel nacional y nos presentamos en la zona minutos más tarde.

-    ¿Qué ha pasado? – pregunta Gonzalo.

-    Han robado la obra principal del museo -contesta uno de los policías.

Entramos y lo primero que hacemos es inspeccionar las distintas salas en busca de pistas. En primer lugar, vamos a la recepción. No tiene nada anormal, simplemente un escritorio, una silla y un ordenador, dos grandes plantas en las esquinas, una máquina expendedora y una cámara de seguridad detrás del mostrador.

Seguidamente, vamos a ver las salas de exposiciones. No encontramos nada extraño, a excepción de la del cuadro robado: se encuentra repleta de otras obras de arte, plantas en todas las esquinas y una cámara rota encima de una de ellas. No sé si será un estilo de arte o no, pero este museo tiene una pequeña obsesión por las plantas. Cerca de donde debería estar el cuadro el suelo está pegajoso.

Después, revisamos los baños, pero no hay nada en especial. Tampoco en la sala de limpieza: nada fuera de lo común. Por último, vamos a revisar las grabaciones que hay archivadas en la sala de control. Vemos cada una de ellas. Las que tienen algo interesante son las de la recepción, la de la sala del cuadro y la de la puerta principal.

En la sala del cuadro, se puede ver que una de las guardias sufre un golpe en la frente de un desconocido y, a partir de ahí, la cámara deja de grabar, ya que recibe otro golpe del agresor. Todo esto sucede cuando no hay nadie en toda la sala.

En la recepción, la recepcionista desaparece de su lugar de trabajo cuando ocurre lo anterior. Dos minutos más tarde, entra el hombre que conducía la ambulancia. Poco después, salen todos los visitantes y trabajadores del museo y, más tarde, el hombre de la ambulancia lleva en camilla a la vigilante.

Desde el punto de vista de la cámara exterior se puede observar la llegada de la ambulancia y la entrada de la camilla al interior del vehículo. Después de esto, la policía ya ha llegado y no se observa nada más.

-    ¿Puedes ver algún rastro del agresor? – pregunto-

-    No, es muy extraño.

Volvemos a poner la grabación de la sala del cuadro una y otra vez hasta que me percato de algo interesante.

-    Fíjate bien, no hay nadie que le pegue, se da el golpe ella misma – afirmo.

-    Por lo que ella también rompería la cámara. Vamos a tener una charla con ella – dice Gonzalo.

Vamos al interior de la ambulancia donde se encontraba.

-    Señora… ¿Me podría decir su nombre? – pregunta el compañero.

-    María, mi nombre es María. – contesta.

-    Bueno, doña María, hemos visto en las cámaras de seguridad que se ha dado un golpe a sí misma, por lo que ha sido usted también la causante de la ruptura de la cámara, ¿cierto? – pregunta Gonzalo.

-    No. Estaba vigilando la sala que me tocaba a esa hora cuando de repente un desconocido me dio fuertemente en la frente. Quedé inconsciente y la recepcionista llamó con su teléfono móvil a emergencias. Más tarde llegó el señor de la ambulancia. Hizo que todo el mundo se apartara ya que podría producirme más malestar del que ya tenía. Tras verme cómo estaba y esas cosas, decidió llevarme en camilla a la ambulancia pero ya habían acordonado la zona y no podíamos salir.

Gonzalo y yo susurramos unas cosas que podrían dejarla callada.

-    ¿Y podría explicarnos por qué no entra ningún hombre en la recepción segundos antes del golpe? – pregunto.

-    Eso no lo sé, pregúntaselo a la recepcionista – contesta María.

-    Gracias María por la información – dice Gonzalo para concluir.

Vamos en busca de la recepcionista y la encontramos en la misma recepción.

-    Señora… ¿Me podría decir su nombre? – pregunta Gonzalo.

-    Mi nombre es Carmen. – contesta.

-    Nos hemos fijado en que María se ha golpeado ella misma pero afirma que ha entrado un sospechoso segundos antes de que esto ocurriera. ¿Nos podría confirmar si ha entrado alguna persona, Carmen? – digo.

-    No, no ha entrado nadie.

-    Vale, gracias por la información. – concluye Gonzalo.

Nos vamos.

-    Sabemos que María está implicada pero no sabemos dónde puede haber dejado el cuadro. – le comento a Gonzalo.

-    Ni idea, desde luego lo tiene que haber escondido bien. Creo que es mejor que volvamos y revisemos las grabaciones en busca de alguna nueva pista. – me contesta.

Volvemos a la sala y estamos mucho tiempo mirando detalladamente una y otra vez cada grabación. De repente, las alarmas suenan en mi mente.

-    ¡Fíjate Gonzalo! – exclamo. – Cuando el señor de la ambulancia vuelve con María en la camilla, hay un bulto debajo de la manta que oculta la vigilante.

-    ¡Ostras, es verdad! Vayamos a hablar con el hombre. – contesta alegremente.

Volvemos a la ambulancia y empezamos a charlar con él.

-    ¿Me podría decir su nombre, señor? – pregunto.

-    Alfredo. – contesta.

-    Don Alfredo, nos hemos fijado que cuando vuelve con la camilla hacia la ambulancia, hay un bulto bajo la manta. ¿Nos podría explicar por qué? – pregunta Gonzalo de forma curiosa.

-    Será una arruga porque María iba tumbada. – afirma.

-    No es un bulto pequeño. Ocupa casi toda la camilla. Podríamos decir que… ¡cómo el tamaño del cuadro desparecido! – grita Gonzalo.

En ese momento Alfredo se puso tenso y yo me percaté de que había precinto americano en una de las paredes de la ambulancia.

-    Ahora tengo yo otra pregunta. Cuando revisamos la zona de los hechos, el suelo estaba pegajoso, como si fuera de una cinta o precinto como el que tiene a su lado. ¿Me podría decir qué pinta ahí uno de esos? – le pregunto.

-    A veces las vendas no se adhieren bien y lo uso para que no se despeguen. – contesta seguro de sí mismo.

-    ¡Qué buen médico eres! – dice Gonzalo con tono irónico. – Me encanta como dejas ventilar las heridas.

Se me acerca Gonzalo al oído y me susurra:

-    Lo tenemos en el bote, ves llamando a los policías, sé dónde está el cuadro y quiénes son los implicados. Mientras voy distrayendo a este culpable.

-    Vale. – le contesto.

Corro hacia los policías y los medios de comunicación.

-    ¡Señoras y señores! Mi amigo detective Gonzalo afirma saber quiénes son los sospechosos y lo más importante, dónde está el cuadro. – grito. – Acompañadme.

Varios policías me siguen.

-    Hola señores policías. – saluda Gonzalo. – Estad atentos de lo que van a ver ante sus ojos.

Gonzalo se gira y se dirige a María. Mientras tanto, el ansia me invade.

-    María, ¿podrías levantarte un momento por favor? – pregunta mi amigo.

-    Me encuentro muy mal, me voy a desmayar en cuanto me levante.

-    No importa, cualquier policía te puede sostener.

María se levanta y un policía le ayuda a bajar.

-    ¡Señoras y señores! – grita ilusionado. – ¡Vean ante sus ojos el cuadro desaparecido!

Levanta la manta sobre la que María estaba tumbada y allí estaba el cuadro.

-    ¡Bravo, bravo! – grito sin poder aguantarme.

-    Y los culpables son estas dos personas de aquí, María y Alfredo. – afirma Gonzalo.

Rápidamente dos policías esposan a los culpables. Mientras tanto, Gonzalo empieza a contar cómo sucedió el robo.

-    María se situó debajo de la cámara para poder disimular más el golpe que se dio ella misma y, así, al caer podría romper la cámara. La recepcionista se percató de lo ocurrido y llamó a la ambulancia. Alfredo sabía lo que tenía que hacer y fue el primero en coger el vehículo hasta aquí. Llegó a la zona donde supuestamente agredieron a María e hizo que se alejara todo el mundo para que nadie le viera coger el cuadro. Lo colocó sobre la camilla, lo precintó para evitar que se cayera, puso una manta por encima para disimularlo y, después, María se tumbó sobre ella. Salieron y se metieron en la ambulancia pero los policías llegaron rápido y no pudieron escapar con el cuadro a tiempo.

Nos deja a todo sorprendidos. Los policías empiezan a llevarse a los culpables a comisaría.

-    ¡Policía, espere un momento! – grito para que el policía que lleva a María se gire.

Corro hacia ellos y me dirijo en concreto a María.

- Ya puedes dejar de fingir el dolor – digo mientras le guiño el ojo y le devuelvo el rollo de precinto que habían usado.

Santi Millán

¿Destino o casualidad?

Atravesamos la gran muralla que separaba el parque del bosque y entramos en la recepción. Una joven y sonriente dependienta nos atendió con una amabilidad un tanto siniestra. Su brillante pelo castaño estaba recogido en un elegante moño y su uniforme estaba inmaculado.

–Bienvenidos a Dexyland– Dijo con una voz dulzona como el caramelo e igual de pegajosa –Unas cuantas normas para empezar, no os acerquéis demasiado a los límites del parque, no os quitéis las pulseras de todo incluido y la más importante, divertíos–

Mostró una perfecta sonrisa de dientes blanquísimos. Cada vez me daba más mala espina, pero me dije que no debía preocuparme, sólo serían dos semanas con motivo del viaje de fin de curso. Le seguimos fuera del vestíbulo y Dexyland apareció ante nuestros ojos.

–Montad en este autobús– Dijo señalando un vehículo de color morado y decorado con el logotipo del parque

Cuando el autobús arrancó, casi me estampo contra el asiento de delante. Paula y yo nos miramos y reímos.

–Aquí podéis ver las primeras atracciones de agua –Dijo cuando el autocar se detuvo tan bruscamente como había arrancado –Lo último en cascadas, recorridos acuáticos y submarinismo. Las atracciones siguen por aquí, montañas rusas, tío-vivos, mochilas voladoras, atracciones de terror y la sección de la que más orgullosos estamos: la zona San Valentín.

– ¿La zona de San Valentín?  Vaya chorrada– Dije a lo que Paula asintió

Seguimos por, lo que explicó, la zona de la feria. Cientos de casetas de feria en filas perfectamente colocadas y de todo tipo. Pasamos por la zona de “relax” hasta llegar a la zona del hotel. Bajamos y vimos nuestras maletas en la puerta. Era muchísimo más grande de lo que me lo había imaginado.

–Antes de nada os diré cómo funcionan las habitaciones –Dijo la voz de caramelo de la dependienta.

–Genial, espero que nos toque juntas– dijo Paula

–Las habitaciones son de dos personas y mixtas–

¡Había oído bien! ¡Mixtas! No podía ser, dormir con un chico no era lo que más me apeteciera en el mundo. Eso no era mi idea de vacaciones. ¿Cómo lo habrán permitido las profesoras? Pensé. Comenzó a decir nombres

–Paula y Carlos, Sara y Daniel –Y continuó a lo largo de la lista –Y por último Celia y Mauro–

Se me cayó el alma a los pies. Mauro, mi mejor amigo, ¿de verdad? Y Paula y  Carlos, ¡se odian! Miré a Paula para quejarme esperando que me diera la razón.

–Bueno– Dijo –Es una forma diferente de pasar las vacaciones–

– ¡Pero te ha tocado con Carlos!– Dije con los ojos como platos

–Habrá que darle otra oportunidad–

Sin decir nada más recogió su maleta y se fue con su compañero de habitación, como todo el mundo. Al final solo quedábamos Mauro y yo, porque las profesoras se habían esfumado.

– ¿Vamos Celia?– Preguntó intentando cogerme de la mano

–Sí– Aparté la mano de inmediato

Me había equivocado, el hotel no era grande, era enorme, tenía 225 plantas sólo en este edificio, pero por fuera sólo parecían cinco. En recepción nos dieron  la tarjeta de nuestra habitación, era la 2.043. Subimos en el ascensor junto con Paula y Carlos, que parecían muy diferentes, se reían juntos e iban cogidos de la mano.

Dio la casualidad de que su habitación estaba enfrente de la nuestra. De repente tuve una idea.

–Chicos, ¿qué os parece si Paula y yo nos quedamos con una habitación  y vosotros con la otra?–

Di por hecho que aceptarían, porque Mauro y Carlos se llevan muy bien, pero me equivoqué. Me quedé de piedra al saber quien dijo la respuesta

–No, que si no nos regañarán además, yo quiero ir con él– Dijo Paula señalando a Carlos.

Entré en la habitación seguida de Mauro y descubrí con horror que sólo había una cama así que le obligué a dormir en el sofá.

Al día siguiente intenté hablar con Paula, pero no la encontré ni en la cafetería del hotel, ni en su habitación ni tampoco en la recepción. Del que no me pude separar fue de Mauro, que me siguió a todas partes. Resignada me cambié para estrenar las atracciones de agua. Sin embargo, tampoco en esta ocasión pude deshacerme de mi compañero, así que decidí que lo trataría como mi mejor amigo y no como el desconocido que me seguía desde hacía un día.

Fue una de las mejores mañanas de mi vida. Los toboganes hacían giros imposibles, las cascadas te calaban hasta los huesos y los recorridos acuáticos eras divertidísimos. Cuando por fin lo probamos todo paramos para comer. Nos compramos unos perritos calientes y nos sentamos para comérnoslos tranquilos. Me lo estaba acabando cuando vimos aparecer a Paula y a Carlos que venían de la zona de San Valentín.

Ella llevaba un oso de peluche gigante y él le pasaba el brazo alrededor de la cintura. Era una imagen que jamás pensé que vería. Los dos llevaban estampada en la cara una ridícula sonrisa que no era nada natural en ellos, como la de Mauro, que en vez de ser burlona era dulce, demasiado dulce. Se acercaron a nuestra mesa.

– ¿Qué os parece si vamos a la zona de feria esta tarde?–  Preguntaron al unísono

Asentí conforme, por fin podría hablar con Paula, pero qué equivocada estaba. Ella sólo tenía ojos para su acompañante y no me hizo ni caso, y para colmo Mauro no hacía otra cosa que hacerme estúpidos regalos.

Harta de todo me alejé hasta los lindes del bosque que empezaba justo donde acababa el parque. Me dispuse a cruzar, pero una pared invisible me lo impidió. Esto me puso muy nerviosa, tampoco ayudó el hecho de que un extraño brillo se extendió descubriendo la figura de una gran cúpula apenas visible que rodeaba todo el parque. Y lo vi todo con diferentes ojos. Todas las risas, los abrazos, los besos, todo era una ilusión había algo en el parque que los tenía atrapados en ese eterno sopor. ¿Cuánto tiempo llevarían aquí estas personas sin que el mundo exterior se acordara de ellas? Entonces recordé las palabras de la guía. Una mano me agarró el hombro. Era Mauro.

– ¿Estás bien? Te has ido sin avisar –

La vi. La pulsera del “todo incluido”. Sin pensármelo dos veces se la arranqué de la muñeca y luego me quité la mía. Pareció como si se despertara de un sueño. Me miró con expresión interrogante así que le guié a la habitación y se lo conté todo.

Al día siguiente, cuando bajamos a desayunar, vimos a una de las empleadas (exactamente igual que las demás, pero pelirroja) atravesar un pasillo oscuro repleto de cuadros en el que se podía distinguir en el  fondo una puerta. Esperamos a que la traspasara para seguirla.

Tenía una extraña sensación, era como si miles de ojos me miraran al mismo tiempo. Me giré por instinto, pero solo había una persona a mi lado, Mauro, el de verdad, recuperado de su extraña enfermedad de amoritis.

Fue instantáneo, giré la cabeza y un personaje del cuadro salió del lienzo. Mauro me apartó justo a tiempo. El resto de los cuadros también se salieron y pronto nos vimos rodeados. Echamos a correr hacia el hotel para refugiarnos en nuestra habitación, lo cual no fue un gran problema, ya que yo siempre había sido rápida y llegamos sanos y salvos. Nos dejamos caer en el sofá agotados.

– ¿Qué ha sido eso?– Preguntó jadeando por el cansancio

–No lo sé pero yo quiero averiguarlo–

En la otra punta del parque dos ojillos plateados brillaban de emoción mientras veían en la pantalla dos adolescentes confusos dispuestos a descubrir qué le pasaba a todo el mundo en Dexyland.

–Ay querida sobrina, siempre supe que a ti no te afectaría la cúpula, una lástima que nunca puedas volver a atravesarla, Celia–

Una risa fría como el hielo hizo estremecer a dos de las perfectas empleadas del parque y llegó también al corazón de Celia y supo que no sería nada fácil descubrir la verdad.

Clara Sirvent

¿Destino o casualidad?

Bajamos del coche. En aquel momento los nervios se apoderaron de mí, porque sabía que en un mes y medio que duran las vacaciones de verano, mis padres no vendrían a recogerme. No conocía a nadie, ni siquiera quería ir, pero mis padres pensaron que era bueno para mí, porque decían que era bueno que me relacionase con la gente. Me despedí de mis padres y mi hermano pequeño, y se fueron. En aquel momento, supe que tenía que hacer amigos para sobrevivir en este estúpido campamento.

Me instalé. Mi habitación era bastante grande. Habían tres camas, pero sólo estaba yo. Al instante entraron dos niñas acompañadas de sus padres, y se instalaron. Fui a presentarme.

-Hola, me llamo Andrea.-dije nerviosa-.

-Hola, yo soy Nuria y esta es mi hermana Alejandra. ¡Me parece que vamos a ser compañeras de habitación todo el verano!-dijeron muy entusiasmadas-.

Al irse sus padres nos estuvimos conociendo y eran bastante agradables. Nos hicimos amigas.

Salimos de nuestra cabaña y nos dirigíamos hacia donde estaban todos para darnos la bienvenida, yo iba mirando mi móvil cuando me tropecé con alguien y me caí al suelo. Me ayudó a levantarme y me preguntó si me había hecho daño. Era un chico alto y moreno. Me puse muy nerviosa, y le dije que no me había pasado nada. Él me sonrió y se fue. Estábamos todo el campamento reunido para dar la bienvenida a todos. Dieron unas palabras sobre cómo iba a ser el campamento y las diferentes actividades que íbamos a hacer. Al final de todo, el monitor nos quitó los móviles a todos porque decía que el verano era para estar con personas y no con aparatos. Creí que era mi fin. Todos los niños nos juntamos para conocernos, cuando de repente se me acercó el chico con el que me tropecé.

-Hola, perdón por lo de antes, soy Carlos.

-No pasa nada, ha sido culpa mía, soy Andrea. -Me puse un pelín roja-.

-¿Es la primera vez que vienes a este campamento?

-Sí, una fantástica idea de mis padres.-dije con ironía-¿y tú?

-No este es mi segundo año. A mí al principio tampoco me gustaba, pero ya verás como al final del verano no te querrás ir.

-Pues a ver si es verdad lo que dices.-se rió-. Pero no sé cómo porque tampoco es que conozca a nadie.-agaché la cabeza-.

-Andrea, te presento a tu primer amigo del campamento: Carlos.-me cogió del hombro y me lo dijo mostrándome a todo el campamento.-yo me reí.-

Mientras hacían la bienvenida, hicimos un pequeño grupo de amigos y después de cenar estábamos en mi habitación. Éramos Alejandra, Carlos, Nuria, Luis y Adrián y Ángela, también hermanos. Esa noche me lo pasé muy bien. Estuvimos charlando de todo para conocernos mejor. Alejandra es igual que su hermana, físicamente y en la forma de ser. Nuria era una chica rubia y baja pero muy inteligente. Luis era flaco y tenía los ojos azules. Era una persona muy atenta y observadora, pero no tan espabilada como Ángela. Adrián tenía algo de sobrepeso, no hablaba mucho pero se notaba que era educado y majo. Carlos era alto y moreno. Era deportista, jugaba al fútbol. Era muy gracioso, aunque me daba un poco de vergüenza hablar con él. Pues sí me daba vergüenza, la gota que colmó el vaso fue que se sentara a mi lado. Me preguntó mil cosas sobre mi vida, y me preguntó si tenía novio. Le dije que no. Me dijo que era muy raro ya que era una chica bastante guapa. Me moría de la vergüenza, pero me gustó.

Era domingo por la mañana y nos tocaba jugar a una gymkana, dijeron que nos pusiéramos por parejas. Carlos me preguntó que si quería ser su pareja y yo le dije que sí. Me emocioné mucho. Cantamos, bailamos, corrimos y reímos. Disfruté mucho con él.

El campamento no estaba nada mal. Habían muchas habitaciones, las habitaciones principales eran  muy grandes, y la comida, riquísima. Estaba empezando a creer que iba a ser un buen verano.

Por fin había conseguido tener un buen grupo de amigos. Siempre estábamos juntos, aunque Carlos y yo casi nunca nos separábamos. Nos pasamos tonteando a todas horas, durante una o dos semanas. Me estaba empezando a gustar, y creo que yo a él también, pero no sabía cómo decírselo.

Hacía una noche preciosa,  había  un montón de estrellas. Estábamos sentados a la orilla del lago.  Me trajo hasta aquel lugar porque tenía una cosa muy importante que decirme.  Por un segundo nos quedamos contemplando las estrellas, y luego nos miramos.

-Te he traído aquí porque tenía una cosa muy importante que decirte y no me la podía callar.  Cuando viniste a este campamento, creía que eras de esas personas muy superficiales,  que prefieren estar con el móvil a estar con las personas y quería averiguarlo, porque me pareciste guapísima y encantadora.  Mi tío es el monitor que quitó los móviles.  Se lo dije yo.  Que estuviésemos en el mismo grupo de amigos me entusiasmó mucho,  porque así podría conocerte mejor. Empezaste a hablar y me enamoraste. Te conocí cómo eras de verdad y me enamoraste. Me gustas Andrea.

En ese momento yo estaba emocionadísima, pero no sabía qué decirle, porque me quedé sin palabras. Estaba tan contenta…

-Tú también me gustas Carlos.

De repente, silencio.  Era como si sólo existiéramos él y yo. Nos mirábamos sonriéndonos el uno al otro. Entonces se acercó lentamente, me quitó el pelo de la cara, y me besó.  Mágico.

Nos abrazamos y fuimos al campamento donde estaban todos cenando. Cuando entramos, Ángela sabía que pasaba algo, nos lo notó en la mirada. Se lo contamos. Todos nuestros amigos se alegraron mucho.

Estaba durmiendo, y caí en la cuenta de que sólo quedaban dos semanas para que se acabara el verano, y por lo tanto, marcharme. Tenía razón Carlos, no me quiero marchar. A la mañana siguiente todo el grupo nos reunimos y estuvimos hablando.

Teníamos que aprovechar todos los días como si cada uno de ellos fuera el último, porque no sabíamos cuándo nos íbamos a ver otra vez. Y eso hicimos. Cada día intentábamos dar lo mejor de nosotros. Corríamos como nunca y disfrutábamos mucho. Por primera vez sentía que tenía amigos de verdad. Con Carlos disfrutábamos al máximo lo que nos quedaba. Dábamos paseos largos y charlas interminables. Le quería de verdad.

Llegó el momento. Se acabó el verano. Esa mañana nuestros padres vendrían a recogernos. Era el fin. Antes de que llegaran decidimos despedirnos. Nos dimos todos un abrazo, como si nunca se acabara. Cada uno dijo unas palabras para despedirse. Fue muy triste. Carlos y yo nos miramos, y sin decir nada nos abrazamos.-Te quiero-. Le dije lo mismo. En aquel momento pensaba que no nos volveríamos a ver.

 Vinieron nuestros padres y nos fuimos. Es curioso. Primero no quieres que llegue el verano, y después no quieres que acabe. Llegamos a casa. Subí corriendo a mi habitación y me tumbé en la cama. Te paras a pensar y  te das cuenta de que todo ha terminado, de que no volverás a ver a los maravillosos  amigos que hiciste, de que nunca vas a volver a experimentar la sensación que tienes con el primer amor. Empieza el otoño, empieza el instituto. Esa época en la que no quieres salir de tu casa porque prefieres quedarte tumbado en la cama con el móvil. Este verano me he dado cuenta de que no necesito el móvil para conocer a gente, porque las puedes seguir, dar “me gusta”, pero no sabes cómo son realmente. Cuando de verdad conoces a la gente es cuando sales a la calle, a disfrutar. Esas personas que he conocido este verano. A algunas no las voy a volver a ver, pero a otras sí. Aunque no las vuelva a volver a ver sé que siempre van a estar ahí pase lo que pase, porque son mis amigos.  Y siempre tendrán en mi corazón un lugar guardado. Para mis amigos.

Sonia Sanchís

Las puertas del Docker

“Los rifeños avanzan, el ejército español busca refuerzos” Padre leía el periódico como cada día cuando una noticia hizo saltar las alarmas…”Todos los jóvenes de 17 años serán llamados a filas” en ese momento un silenció invadió la casa hasta que mi hermano mayor irrumpió en el salón: “Yo iré”, pero él no cumplía con la edad, padre era un noble con contactos en las altas esferas militares que hizo lo indecible por librarme de la guerra, pero el ejército no admitía excepciones, en dos días salía un tren rumbo a Marruecos donde todos los quintos serían distribuidos. En ese instante nada se podía hacer ya, yo iría a la guerra a defender a mi país, aunque había una posibilidad para que no subiera a ese tren, fugarme.

No estaba del todo seguro, pero yo no podía ir a la guerra, mi hermano sería mi cómplice, el se aseguraría de que padre pensara que yo estaba combatiendo en el frente, madre ya  estaba al tanto de mis planes, sin embargo no dijo nada. Era la madrugada del 7 de Julio de 1921, a las nueve salía el tren rumbo a Melilla, me despedí de padre y mi hermano me acompañó a la estación, por el camino, pensaba en los gestos de complicidad de mi madre que sabía que todo iría bien, al llegar a la estación el comandante que se encargaría de nosotros pasaba lista, “Fernando García-Velázquez” y allí entró mi hermano, con mi traje de militar y una maleta vacía, mi camino no acababa en ese tren, ese no era mi destino. Sonó una voz, “Pasajeros al tren”  un tren rumbo a Portugal salía en pocos minutos, sentí una fuerza que me llevó a subirme en ese tren y dejar que el futuro decidiera por mí. Me senté en el asiento número 17 de la fila 5 junto a una señorita de pelo castaño y ojos azules a la cual me presenté, pero no dejé que ella se presentara, porque mi futuro era incierto, me recordaba a un libro que leía de pequeño, la llamé la habanera. A la llegada a Lisboa me dediqué a vagar por sus calles perdidas y sin rumbo, al llegar la noche no tenia donde pasarla, unos ojos se iluminaban al final de la calle, era ella esperándome para darme cobijo, su humilde cabaña se convirtió en mi refugio, día a día me levantaba al alba para ir a la frontera,  y comprar un ejemplar de “El Imparcial” para leer la columna dedicada a los soldados españoles en Marruecos, mientras ella preparaba un delicioso té con el que daba aroma a toda la calle. Un día de Septiembre se nombraba el ascenso a un tal Sargento García-Velázquez por su gran labor en el frente. En ese instante sentí a mi hermano cerca y sabía que todo iba bien, dos días después en esas mismas líneas aparecía una esquela con el nombre del Sargento Fernando García-Velázquez, todo dio un vuelco, en ese instante cogí esos papeles y marché en busca de mi nuevo destino, Melilla. Me presenté como el doctor Valverde y me convertí en el director médico del hospital de Melilla “El Docker” rodeado de humildad salvé a Rifeños y Españoles víctimas de esta gran desgracia, todo por devolver a mi hermano el sacrificio que hizo bajo mi nombre y que nunca le fue agradecido, un día en que el desánimo pesaba, llegó un paciente especial , en estado crítico y desorientado se presentó mi hermano en el Docker, no había muerto, los rifeños lo habían secuestrado y habían fingido su muerte, ahora era mi turno, tenía que salvarlo, pasaron los días mi hermano ya volvía a ser él, había olvidado sus semanas de cautiverio, todo parecía estar bien. Un día entró por las puertas del hospital una señorita a la cual conocía pero no quise saber su nombre, era la habanera, se presentó como la nueva enfermera del hospital. Las puertas del Docker hacían volver a la gente que había perdido por el camino, mis padres volvieron al hospital un fresco 24 de diciembre, 1921 quería devolvernos todo el daño que nos había hecho reuniéndonos a todos por navidad, mis padres, ella, mi hermano y yo  estábamos juntos en nuestro nuevo hogar “El Docker”.

Mis padres volvieron a casa la madrugada del día siguiente, habían descubierto que su hijo no había ido a la guerra, que yo  era ahora el director médico del Docker y que mi hermano no había muerto, y ahora era el Sargento de un ejército con un nombre falso, él seguía recuperándose para volver al frente, la portuguesa seguía sin decirme su nombre, pero porque yo no quería, y yo ahora era doctor, le había cedido mi nombre a mi hermano y seguía aguardando para ver lo que me depararían las puertas del Docker.

Javi Rueda