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LA OTRA CARTA…

Queridos Reyes Magos:

Os escribo esta carta, aunque sé que estaréis muy ocupados, no para pediros un deseo, sino para agradeceros todo lo que me concedisteis a cambio de nada…Noches de ensueño en las que, efectivamente, hubo magia; noches en las que yo, prendida de una inocencia y una emoción irrefrenable, corría a buscar el abrazo fuerte de mis padres, en cuyos ojos brillaba una sensación tan única y especial que sigue latiendo aun hoy en mi recuerdo. Fui tan feliz que ahora que he crecido no puedo evitar preguntarme esto: ¿por qué tuve ese inmenso privilegio?

Siendo niña nunca reparé en el hecho de lo importante que eráis para mí, sí sé que cuando se acercaba el día de vuestra ansiada visita, me sentía inquieta, procuraba portarme bastante mejor de lo normal y durante los instantes previos a vuestra llegada, sólo el hecho de esperaros le concedía un enorme sentido a todo lo que antes, quizá, me había pasado desapercibido. Me mostraba más atenta, más nerviosa, más entusiasmada, y sólo la alegría tenía cabida en mi pequeño corazón. Sin embargo, durante aquellos días, admito que rara vez pensé en aquellos niños que, resignados, habían arrinconado al olvido la posibilidad de veros algún día.

Yo no elegí, pues ninguna persona puede hacerlo, y quién sabe si por azar, por un mero golpe de suerte o por razones inescrutables que escapan a la condición humana, tuve el inconmensurable honor de disfrutar del que debería ser un derecho: LA INFANCIA. Tal vez por ello, porque ese derecho sigue sonando a suposición, pero le falta veracidad y realismo en la práctica, lamento más si cabe, las ocasiones en las que no cuidé lo suficiente de ese preciado regalo, lloré por egoísmo, me enfadé sin razón y desperdicié segundos que ahora rogaría por volver a tener.

Conozco la frustrante sensación de haber anhelado algo con todas tus fuerzas, hasta el punto de sacrificar todo lo demás creyendo que así las posibilidades de hacerse realidad aumentaban, y resignarte a contemplar como el manto de la desolación termina cubriéndolo todo, incluidos tus primeros sueños, sin duda, los más auténticos. Quizá a consecuencia de esa triste lección, aprendí que los deseos no son algo que nos pertenezca sin condición, y que muchas personas incluso, olvidaron el día en que dejaron de tenerlos.

Por eso no quiero pedir nada, absolutamente nada, porque ya recibí lo más valioso. Disfruté de 22 navidades al lado de mi padre, de su imborrable sonrisa, de su efusividad, de su mirada cómplice, de sus gestos de amor y sus palabras dulces, de sus te quiero y sus abrazos…Recibí su paciente comprensión, sus consejos, incluso sus regañinas que tanto me ayudaron a crecer…Y eso es algo que me pertenece, un tesoro imperecedero que vivirá en mí siempre. Por ello, porque ya recibí el mejor de los regalos, y porque todavía tengo miles de gracias que dar, millones de palabras por pronunciar, infinitas ganas de emocionarme cada día, de dejarme embriagar por el aroma natural que desprenden las cosas más sencillas, porque no quiero malgastar ni un solo minuto –sean muchos o pocos los que el destino me depare-, porque quiero seguir creyendo en todo lo que un día me contagiasteis y transmitirlo de la misma manera a los que lo necesiten, no puedo, ni anhelo tener nada más.

Me despido de vosotros, sus Majestades, con el homenaje que ahora sigue. Mis alumnos, al igual que yo, sólo deseamos que vuestra presencia se haga omnipresente en todos los hogares del mundo…

 

 

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Orígenes

Era el verano de 1973, cuando mis padres y yo nos disponíamos a disfrutar de nuestras primeras vacaciones en familia. Nunca antes habíamos tenido ocasión de despedirnos, al menos, temporalmente, de la ciudad con la que habíamos compartido tantos días y noches, para entrar en contacto con nuevos olores, sabores, fragancias e incluso nuevas gentes e historias, que le confiriesen a nuestro espíritu parte de una magia jamás concebida.

Abandonamos Madrid con la sensación de nostalgia atravesada en nuestras gargantas, pero al mismo tiempo felices. No podíamos saber qué nos depararía el nuevo destino, pero de lo que sí estábamos convencidos los tres es de que nuestra predisposición era mucho más que buena. Y con esa actitud positiva, que no solía ser muy usual en mi padre y en mí, emprendimos rumbo a la bonita y emblemática aldea de mi bisabuela, a la que por cierto no conocía (o mejor dicho, no recordaba, porque la última vez que la había visto era demasiado pequeña).
Con ella me pasaba algo muy curioso, sin apenas haber tenido contacto físico más allá de en tres ocasiones contadas, sí recuerdo la sensación del día en que nos vimos por primera vez, y lo sé porque fue idéntica a la segunda, y algo me decía que sería igual en la tercera, lo que me provocaba cierto nerviosismo e inquietud. No sabría ponerle nombre a aquella insólita sensación, pero es como si de alguna forma mi corazón me hubiese indicado que ella, mi tan venerada bisabuela, era mi alma gemela, la semilla de mi personalidad, mi referente, mi yo adulto…

Durante todo el trayecto traté de imaginarme cómo sería el hecho de volver a verla, lo que hizo que los minutos y las horas a bordo del 600 pasaran a un ritmo frenético.

A las 11:00 de la mañana llegamos a la maravillosa villa de Montensueño. Poco tiempo después estábamos frente a una humilde casa de madera, que muy a pesar de su evidente sencillez, despertaba una calidez y encanto que la hacían destacar sobremanera frente a todas las demás viviendas de alrededor. Golpeamos dos veces la puerta y cuando nos disponíamos a hacerlo una tercera, nos alertó desde el interior la voz dulce y melódica de una mujer: ¡Mi abuela!

Nada más abrir el portón salté sobre sus brazos. Llevaba más de seis meses sin verla, ya que ella había decidido trasladarse a vivir con mi bisabuela para poder estar cerca de ella y cuidarla. Yo adoraba a mi madre, pero siempre, por alguna razón que desconocía, había tenido una conexión especial con mi abuela, aunque paradójicamente, mi padre dijera que éramos radicalmente distintas. Y lo mismo me sucedía con mi madre, dos caracteres muy diferentes que, sin embargo, necesitaban el uno del otro para complementarse.

Cuando llegamos a la altura del precioso y cuidado jardín, pude ver desde el imponente portón de cristal el reflejo de mi bisabuela sentada en una mecedora mirando al cielo. Era muy mayor, creo que rondaría los 98 años, sin embargo, y a pesar de su avanzada edad, me pareció un rostro lleno de vida que albergaba en cada una de sus arrugas recuerdos de valor incalculable. Mi bisabuela desprendía dulzura y energía por cada poro de su curtida piel. Cuando se volvió y me regaló su sonrisa, sentí como si siempre hubiera estado a mi lado. De nuevo me abrazó esa sensación, pero esta vez sí la supe interpretar: mi bisabuela era la persona a la que debía mi forma de ser, lo intuí por sus gestos, incluso por su manera de apoyarse sobre el respaldo, por su manera de torcer la boca al sonreír. Y con el devenir de los días, mis sospechas fueron cobrando cada vez más fundamento.

Una semana después llegaron mis primos. A algunos sí los veía más a menudo, pues éramos prácticamente vecinos en Madrid; pero a otros sólo les podía ver en esa corta estación del año, así que ninguno de nosotros derrochaba ni un segundo de esa experiencia, pues de lo vivido en ella nos alimentaríamos de bonitos sueños el resto del año.

Mis primos y yo, éramos siete en total, teníamos personalidades muy variopintas, que sólo coincidían entre sí en aspectos quizá poco significativos, pero lo cierto es que ello no parecía preocuparnos en exceso, porque nos amábamos con locura. Yo no había tenido hermanos, así que ellos habían cubierto con creces esa ausencia. Sabía que siempre, sin dudarlo, podría contar con ellos. No importaba la distancia, ni el tiempo transcurrido, ellos serían mi familia en lo bueno y en lo malo.

Una tarde, cansados de haber estado jugando todo el día en el jardín y los alrededores, decidimos, por unanimidad, ir a indagar los recovecos de la casa. Cuan espías, recorrimos juntos y de puntillas cada una de las estancias, las cuales nos dejaron prendados por su colosal tamaño. Sin embargo, lo que más nos llamó la atención fue la ingente cantidad de fotografías repartidas por todas las habitaciones, incluidos los pasillos. Imágenes que mostraban en actitud divertida y distendida a muchos de nuestros conocidos: padres, tíos, abuelos…También a nosotros, en las que habían sido las mejores aventuras de nuestras vidas. Y por último, a personas que nos resultaban del todo desconocidas.

En principio, acordamos no revelar a los mayores que habíamos estado investigando por toda la casa, pues nos asustaba la posibilidad de un castigo, pero nuestra insaciable curiosidad pudo con nosotros y, finalmente, bajamos al salón, donde todos se habían reunido, y confesamos nuestro secreto con la intención de desvelar la identidad de esos agentes no conocidos (como así los habíamos bautizado), y saber así si guardábamos con ellos alguna relación de parentesco. Esto último vino a colación de que Rafa encontró parecido entre ellos y algunos de nosotros.

Los mayores, en contra de todo pronóstico, arrancaron en sonoras carcajadas, que sólo se vieron interrumpidas cuando mi bisabuela trazó un gran plan que gritó con entusiasmo: ¡Ayudadme niños a hacer un árbol genealógico! Sólo conociendo el pasado y con él vuestros orígenes, comprenderéis vuestro presente.

Y así fue como transcurrió el verano más inolvidable de toda mi vida, con la imagen de ocho niños sentados junto a su bisabuela componiendo su propia historia.

Aquel septiembre de 1973 mi bisabuela nos dejó, y de alguna manera yo sentí que había perdido parte de mi ser para siempre, pero poco después descubrí que la herencia de su energía me había hecho inconmensurablemente fuerte.

Árbol Genealógico

“La familia es el País del corazón. Hay un ángel en la familia que por la influencia misteriosa de la gracia, la dulzura y el amor, hace que el cumplimiento de los deberes sea una tarea menos fatigosa y las penas sean menos amargas. Definitivamente, el amor familiar es uno de los sentimientos más sagrados de la humanidad”.

Nguyen Vinh Tien

 Árbol Genealógico de Inés Mira Pérez, 2ºESO B

Árbol Genealógico de Jordi Vilaplana Sola, 2ºESO B


Árbol Genealógico de Laura Pérez Bernabéu, 2ºESO A

Árbol Genealógico de Raquel Monllor Guillem, 2ºESO B

Árbol Genealógico de Clara Valero Cespedosa, 2ºESO B

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Si pudiera tener un poder…

A veces me siento extraña en un mundo que me resulta inhóspito y desconcertante. Hay tantas cosas que no entiendo y sé que nunca comprenderé, que la frustración se ha convertido en casi un estado de ánimo. Miles de porqués fluyen en vano suspendidos en un aire cansado de respirar, tristes y abandonados a una tediosa soledad que les ha vetado su libertad y con ella, la posibilidad de encontrar respuestas; por lo que terminarán volatilizándose sin más, resignados al temido olvido.

En momentos en los que la cruda realidad supera con creces a la ficción, y el dolor no conoce límites, simplemente me gustaría cerrar los ojos y autoconvencerme de que en nuestra Tierra, la que altruistamente nos fue concedida a los seres humanos bajo la promesa de que cuidáramos de ella, sigue habiendo un ápice de esperanza, sueños por cumplir, y metas por alcanzar, y que es un lugar digno para la vida…Pero no puedo evitar que me atenace el escepticismo, cuando veo al hombre convertido en un propio lobo para sí mismo. Cuando es el odio, la ira irracional y el rencor infundado quienes batallan por monopolizar el mundo, y no así la fraternidad, el amor y la empatía.

Sé que sólo soy una minúscula partícula en mitad de este universo infinito, y que por tanto mi aportación -aun con la mejor de las intenciones- no podría representar apenas nada sobre el conjunto de la sociedad, pero sí quizá en el corazón de mis seres queridos. Y eso, de alguna manera, ya es más que mucho…Si todos los días regalásemos bellas palabras; si antes de enervarnos sin razón, sopesáramos la necesidad de hacerlo; si sonriéramos más, agradeciéramos de verdad cada segundo de vida, de aire puro en nuestro interior; si alabásemos la presencia del sol que nos regala un nuevo día, y nos dedicáramos a vivirlo en paz, sin juicios injustificados, ni mentiras, ni recelos, sólo sorbiendo el jugo de un nuevo y trepidante pasaje, quizá así seríamos mucho más felices, y el mundo entero lo sería con nosotros.

Cuando les pregunté a los alumnos que pensaran en la posibilidad de tener un poder, uno cualquiera, yo también pensé en el que yo elegiría. Sé bien que el mío está custodiado por la cámara infranqueable de la utopía, pero quién sabe, quizá algún día, si nuestra entereza no se aflige, nuestro deseo avanza unánime y con firmeza, y llegamos a la conclusión de que LA PAZ no es una causa por la que merezca la pena esforzarse, sino que es la única razón de ser de todos nosotros, la que de verdad justifica nuestra existencia; tal vez entonces la humanidad al completo nos habremos convertido, sin siquiera sospecharlo, en magos que devolvieron al mundo, nuestro mundo, la magia que nunca debería haberse ido.

Si pudiera tener un poder…Sin dudarlo, me elevaría a lo más alto, agitaría mi varita de los deseos y dejaría que la inocencia comenzase un recorrido incandescente por calles y hogares escondidos, por rincones olvidados, lugares arrasados por el horror, y corazones desolados; y siguiera su curso por el interior de almas perdidas, por barrios y plazas, por lugares emblemáticos, y bellas terrazas, que no dejase a su paso ni un solo metro por conquistar, para que a la mañana siguiente, al despertar de un tedioso letargo, todos fuésemos un poco más niños, y recordásemos la importancia vital de CREAR UN MUNDO MEJOR.

Varita
“Cuando el poder del amor, supere al amor por el poder, el mundo conocerá la paz”.

Sri Chinmoy Ghose

Pepe Fernández León, 2ºESO B

Si yo pudiera tener un poder sería el de hacer que la gente pudiera vivir en paz. Con este poder podría hacer verdaderas maravillas. Es un poder que un humano no puede conseguir sin más porque siempre hay algo por el que pelearse, aunque sea una tontería. A veces nos peleamos por cosas que no vienen a cuento. Por eso yo creo que eso será imposible si seguimos comportándonos de la manera en que lo hacemos. Ojalá no hubiera tantas injusticias, ni tantas desigualdades culturales, de sexo, etc. Ojalá todas las guerras que ya han pasado no se volvieran a repetir en la historia. Ojalá que cesasen todos los atentados, incluso que ninguno hubiera tenido lugar; ojalá que la gente no pasara tanta hambre. Hay tantos ojalás. Por eso yo quisiera tener ese poder, para conseguir que todos esos `ojalás´ no existieran y fueran sencillamente una realidad.

Yo creo que la paz en el mundo no existe, y sin duda no existirá, si seguimos por la misma senda. Siempre habrá alguien que quiera interrumpir esa paz y convertirla en un conflicto. El poder de “hacer que la gente viviera en paz” sería casi un milagro más que un poder. Uno se puede hacer un millón de preguntas sobre por qué hay gente que no quiere vivir en paz, el problema es que nunca sacará una respuesta en claro, porque es evidente que no la hay.

Las personas que no saben convivir con otras culturas distintas a la suya, y respetar las diferencias, son personas que nunca sabrán convivir en paz con el mundo. En esta sociedad hay tantas injusticias que es imposible contarlas con los dedos de las manos. Espero y deseo que algún día, aunque sólo fuera por un minuto, reinase la paz mundial. Lo que yo verdaderamente no entiendo es por qué la gente tiene que abandonar sus casas, sus familias, sus amigos para huir de toda esa gente que no sabe lo que es algo tan importante en este mundo como vivir en paz. Hay gente que es bastante egoísta y quiere mandar en la vida de los demás. Yo daría lo que fuera por tener ese poder, al menos por un día…

Yo sueño con un mundo sin violencia, sin guerras…Y sé que si el deseo es unánime y lo buscamos de verdad, de corazón, juntos podemos hacer ese sueño realidad, pero lo tenemos que hacer entre todos, porque si una persona no está dispuesta a vivir en paz con los demás, ese sueño ya no podrá tener lugar.

Ojalá el mundo llegue a estar tranquilo y en armonía alguna vez, aunque yo no esté para verlo, pero es lo que verdaderamente quiero y deseo.

Carlos Asensio Alal, 2ºESO A

Si yo pudiera tener un poder especial elegiría el de ver el futuro para intentar cambiar aquello que pudiera prever.

Gracias a esto, vería el porvenir de mi familia, de la gente que me pidiera consulta, e incluso mi propio futuro. No consistiría en leer la mano, aunque bien es cierto que las manos cuentan vidas, es realmente curioso que simples rayas de izquierda a derecha, puedan ser las mejores guardianas de tantos y tantos recuerdos.
Tampoco me agradaría tener sueños presagios, ya que eso lo puede tener cualquier persona en cualquier momento. Los sueños presagios son sueños que parecen reales, y luego se reproducen casi exactos al despertar.

Mi poder consistiría en cerrar los ojos y visionar unas revelaciones ciertas, con mi poder podría ayudar a la ciencia en la prevención de enfermedades. Podría anticipar acciones de las personas y ayudarles a rectificar a tiempo, porque a menudo las personas cometen fallos o errores que cambian la vida. Mis prevenciones ayudarían al mundo a ser un poco mejor.

Luego me gustaría tener el poder de viajar en el tiempo, ir a la Prehistoria y así entender el pasado mejor, pasando por los reinados de los faraones, las enseñanzas de Platón en la Antigua Grecia. Realizar una travesía a bordo del emblemático velero Santa María junto a Cristóbal Colón; pasando por los años 60, 70, 80 y 90, para descubrir las técnicas de baile perfectas de Elvis Presley o de Michael Jackson, entre muchos otros.

De esta manera también podría adivinar cosas nuevas que no sabemos del pasado.

Luego iría a hacer un viajecito o un gran viaje al futuro. Me gustaría saber qué pasará en él, para así, en la medida de mis posibilidades, cambiar el rumbo de las cosas: inundaciones, tan salvajes como las que suelen nombrar en la televisión; guerras; un futuro donde la robótica vaya arrinconando al propio ser humano… Aunque lo malo es que quizá también podría visionar el día del juicio final, ya que el Sol, como estrella que es, algún día, inevitablemente, se cansará de nosotros.
Pero este trepidante viaje también me reservaría partes buenas, vería quizá coches voladores, nuevos e ingeniosos medios de transporte… Todas estas cosas podría visionarlas y así contar a la humanidad o a los científicos los secretos que aguarda este enorme signo de interrogación llamado vida.

Este sería mi superpoder, si lo pudiera elegir, claro, creo que ver el futuro sólo con cerrar los ojos o viajar en el tiempo para ayudar a la ciencia sería un gran avance para la humanidad.

Aitana Palao, 2ºESO B

Era una cálida tarde de otoño. El cielo se teñía de tonos rojos y anaranjados. Las hojas danzaban al son de una música imaginaria. Amarillas, verdes, marrones… a Jane le encantaba contemplar la caída de las hojas a través de la ventana del salón.

Le gustaban los paisajes desiertos, la gente le agobiaba, y así, las oscuras y apagadas voces que sonaban en su cabeza no la molestaban. Ella siempre había sido una persona normal, hasta aquel día. Seguía teniendo pesadillas sobre aquello. A pesar de eso era medianamente feliz.

Un portazo interrumpió de golpe sus pensamientos. Le entristecía ver que su hijo nunca volvía a casa acompañado, pero Jane no podía hacer nada con respecto a las amistadas de él. James había madurado demasiado deprisa, pero las circunstancias le hacían difícil disfrutar de su niñez. Con la familia se mostraba como un niño feliz y normal, aunque en el fondo no fuera así. Jane reparó en el cardenal que le cubría todo el ojo izquierdo.

-¿Qué te ha pasado? Preguntó espantada.

-Nada, me he caído y me he dado contra una silla.

James tenía los ojos tristes y vacíos. Sabía que no era verdad, pero a ella no le gustaba meterse en los pensamientos de la gente que quería.

-James, sabes que puedes contarme lo que quieras, pero no me mientas, ¿ha sido un accidente o no?

No contestó, pero no hizo falta, una lágrima empezó a descender por su rosado pómulo. No le gustaba que los otros niños se metieran con él porque decían que su madre estaba loca, se sentía responsable, y no entendía cómo los niños podían ser tan crueles.

-¿Quieres que hablemos?

Su tono sonó extrañamente tranquilizador. James asintió y más lágrimas se agolparon en sus bonitos ojos azules.

Tras unos largos minutos de reflexión. Tocaron a la puerta muy suavemente.

-¿Interrumpo?

-No, claro que no, pasa.

Jane nunca se cansaba de ver esos grandes ojos pardos y ese revoltoso cabello castaño. Su figura esbelta se asomaba por la puerta.
Noah se sentó junto a ella y la rodeó con sus fuertes brazos. Tras una hora de habla -larga y tendida-, miró el reloj y vio lo tarde que era.

-Es tarde, voy a ir preparando la cena.

Después de una cena tranquila en la cocina, acostaron a James y los dos se quedaron acurrucados en el sofá. Noah veía la tele, y Jane empezó a cerrar los ojos…

“¿Está muerta?”, “No se mueve…”, “Pero sí que respira, ¿no?”
(El cuerpo de una niña de doce años se encontraba entre la fina línea que separa la vida de la muerte… Tras una gran explosión, Jane sólo recordaba gente mirándola y dudando si llamar a emergencias. Estaba lisiada, pero por lo demás se notaba normal, hasta que empezó a oír las voces de las personas que estaban allí, pero no movían los labios… De repente, apareció en una habitación de hospital. Había unos globos sujetados a la cama y una docena de peluches y demás regalos horteras agolpados en la pequeña estancia. Vio a sus padres durmiendo en un sillón con aspecto incómodo, pero no veía por ninguna parte a su hermana… Un trueno estalló en el oscuro cielo, y apareció en un cementerio, pero había una lápida que le llamó la atención. Ese nombre, esos apellidos, esa foto de esa pequeña niña, y esa fecha, que se le quedó marcada como fuego en la piel.

Se despertó sobresaltada, la tele estaba encendida, y Noah, dormido. Otra vez ese estúpido sueño, bueno, más bien ese estúpido recuerdo que le hacía añorar a su pequeña hermana cada vez más…).

-¿Otra vez la pesadilla?

-Otra vez.

-No puedes continuar así, acabarás consumiéndote por una cosa que pasó hace años.

-¿Y qué quieres que haga? No puedo hacer nada. Pero todas las noches esa pesadilla me recuerda que ya no me queda nadie…

-Por favor Jane, no digas eso, nos tienes a James y a mí, y te queremos más de lo que nadie podrá hacerlo jamás.

-Noah…

Una preciosa sonrisa se dibujó en su cara, enseñando su perfecta dentadura. Cuando se reía, la pequeña cicatriz de su labio inferior casi desparecía, pero a ella no le molestaba, todo lo contrario, le recordaba todo lo que habían pasado juntos.
Se despertó con los tenues rayos de luz que intentaban colarse por la ventana.

-Buenos días

Salía del baño con sus vaqueros negros y su sudadera roja que tanto le gustaba. Tenía el pelo húmedo, y parecía que hubiera hecho un nulo intento de peinarse.

-Hoy es el gran día, tenemos una hora para ir a presentar el libro, ya he dejado a James en casa de mis padres y…

Jane dejó de escuchar, y los recuerdos empezaron a invadir su mente…

“Jane Grace, ¡enhorabuena! Ya pertenece oficialmente al cuerpo militar de los Estados Unidos”. ..
(Estaba harta de aguantar la tristeza que le rondaba por el cuerpo como la sangre por sus venas. Estaba harta de no salir nunca, estaba harta de decirse a sí misma que las cosas cambiarían, así que, como no le quedaba nadie, decidió alistarse en el ejército y hacer algo de provecho. Ya llevaba cuatro años trabajando duro, hasta que la ascendieron a coronel y la enviaron a la guerra de Afganistán. Ya había entrado en combate muchas veces, pero Afganistán le daba más miedo, el lugar, la relevancia de la batalla…)

-¿Jane?, ¿me estás escuchando?

Su voz la devolvió a la realidad.

-Claro, el libro, James y todo eso.

-Sabes que te apoyo en todo, puedes contarme lo que sea.

-Sí, sí, sólo estaba recordando, ya sabes, lo de siempre.

Forzó una sonrisa que pareció convencer a Noah, y pusieron rumbo a la presentación de su libro.

Tras un largo discurso por parte de Jane, pasaron al banquete y al montón de gente.

-Noah, necesito salir un rato.

-¿Quieres que te acompañe?

-No, gracias, me vendrá bien pasear un rato sola.

-Lo que prefieras, estaré aquí todo el rato, si necesitas algo me llamas.

-Vale, en nada vuelvo.

Si algo inquietaba más a Jane que las pesadillas eran los momentos en los que se ponía a recordar y se ausentaba de la realidad. Suponía que era otro efecto secundario de la explosión radioactiva, como la muerte de su hermana o la enfermedad de sus padres.

“Lydia, me voy a Afganistán, por favor, prométeme que no te vas a enfadar conmigo, eres la única persona que me puede llegar a soportar, y para mí ya es difícil marcharme, como para que me eches el sermón de lo irresponsable que soy al tomar esta decisión.” “¿No me has dejado hablar y ya me estás juzgando?” Dijo Lydia con sorna. “Te juzgo porque te conozco” “Y porque puedes leerme la mente, ¿por ejemplo?” “Cállate” Y las dos empezaron a reírse, pero Jane lanzó una mirada fulminante a Lydia, y ésta comprendió la seriedad de la situación. “Cuídate” “Créeme que lo haré, pero me preocupo por ti” Afirmó tristemente Jane.

Ella recordaba el interminable trayecto a Afganistán, aquel cielo oscuro, aquellos gritos ahogados que retumbaban en las rocas, aquellas caras de terror… Pero no podía mostrarse afectada, muchos soldados dependían de ella, así que se puso a repasar las estrategias y a comprobar que no quedaba ningún cabo suelto.

“Coronel, estamos a punto de atracar, allí nos esperarán con unos camiones para llevarnos a la base”.

“Claro, avisa a las soldados.”

“Sí, señor”

(De repente, Jane ya no sabía ni dónde estaba, ni cúanto tiempo había estado caminando, así que decidió volver tras sus pasos, supuso que ya estarían preocupados por ella).

-Llevas dos horas fuera, empezaba a preocuparme.

-No pasa nada, estaba paseando.

-¿Estás bien?, ¿necesitas hablar?

Jane asintió y salieron a un banco cerca del comedor.

-No sé si ha sido una buena idea lanzar este libro. Tengo dudas sobre la aceptación del público.

-A mi Jane de siempre le daba igual la opinión de los demás.

-No es eso, sólo que tengo miedo, me ha costado mucho. La gente se lo toma como un libro de ficción, aunque en realidad están leyendo mi historia.

-Eso ya lo sé, pero si sale mal estaremos aquí para apoyarte.

-¿Interrumpo tortolitos?

Su mejor amiga se asomó entre los frondosos árboles.

-¡Lydia!¡Creía que ya no vendrías!

-Y perderme el triunfo de mi mejor amiga, no gracias.

Jane corrió a abrazarla, ahora sí que le daba igual el éxito del libro, sabía que su mejor amiga estaba bien y eso ya la tranquilizaba.

-¿Pasamos dentro?

-Ni lo dudes, ya sabes cuánto me gustan las fiestas.

-No hace falta que lo jures. Dijo Jane. Y se adentraron en la aglomerada estancia.

-Creo que voy a hacer lo mismo que tú y dejar ya el ejército, estoy cansada de todo esto, creo que quiero formar una familia. Dijo Lydia, y por primera vez sin sarcasmos.

-¿Tú?, ¿formar una familia?

Dijo Noah riéndose.

-Anda Noah, no seas malo, a lo mejor le apetece sentar la cabeza.

-Gracias.

-Si quieres te puedes quedar a dormir en casa, hay sitio de sobra.

-No, me voy a visitar a mis padres, hace más de tres meses que no los veo.

-Como quieras, pero ya sabes que tienes un sitio con nosotros.

-Gracias, lo tendré en cuenta.

Y desapareció entre los coches del aparcamiento.

Acabaron antes de lo previsto, pero era demasiado tarde para ir a recoger a James, así que decidieron dejarlo estar e ir directamente a casa.

Durante el trayecto no hablaron mucho, cosas irrelevantes para llenar el silencio. En la radio sonaba R.E.M, y en el cielo las estrellas resplandecían…

(Después de llegar a la base, Jane se había dejado llevar por su instinto y lo organizó todo muy bien, pero cuando llegaron al combate, le ocurrió, aquello que tanto temía que le sucediera en el campo de batalla le pasó, el flashback empezó y volvió a recordar aquella noche de la explosión.

Jane se vio arrastrada por varios soldados, se había quedado en estado de shock y su cuerpo no respondía.

Cuando despertó, se encontraba en una improvisada trinchera, no muy segura, pero bien escondida. Se sentía orgullosa del trabajo que hacían las soldados. Pero en ese justo momento un enemigo se abalanzó sobre ella con un cuchillo en la mano. Jane consiguió apartarse y recuperar el aliento, evaluó la situación, no podía coger su arma, el hombre se interponía, así que confió en su agilidad y se abalanzó sobre los pies de aquel extraño hombre. Dio una voltereta y lo empujó al otro lado de la improvisada trinchera. Cogió su daga, pero cuando se giró, no había nadie. Se extrañó, pero no se podía permitir tanto tiempo de ausencia, así que subió al campo de batalla. Se veía muy poco a causa del polvo que levantaban las granadas y demás dispositivos explosivos. Balas silbaban por el aire, y de vez en cuando una brigada de bombarderos surcaba el cielo. Aquello era un desastre, pero no se paró a contemplar aquel horrible paisaje, tenía que actuar. Así que arremetió contra el primer enemigo que vio.

Tras unas horas de confusión y batalla, Jane tenía el brazo sangrando, la cara llena de rasguños y un corte preocupante en la pierna izquierda. Pero aún con las pocas fuerzas que tenía ayudó a unas compañeras en peligro y se desmayó a casusa de la gran cantidad de sangre perdida.)

-¿Jane?

-¿Sí?

-¿Bajas del coche o te vas a quedar a vivir ahí?

-Muy gracioso Noah. Dijo ella con sarcasmo.

Entraron en la casa y Jane se puso su pijama, Noah hizo lo mismo. Él se quedó leyendo y ella apagó la luz y cerró los ojos…

“Vino a ayudarnos y se desmayó, respira, pero no reacciona, ya le ha pasado otras veces.”

“¿Sabéis por qué?” Esa profunda voz de hombre sonaba en su cabeza. “No la había visto en mi vida, ¡qué raro que sea coronel!, le veo poco músculo comparada con las otras, pero es bastante guapa…” Ahí dejó de querer saber lo que pensaba. Estaba tumbada en una camilla lejos del campo de batalla.

“No, pero siempre despierta al cabo de un rato.”

“Es peligroso, si no llego a estar ahí podía haberse matado.”

Jane abrió los ojos, y vio a un hombre alto y musculado, con un uniforme lleno de insignias y la placa de general. Sus ojos eran grandes, y el color oscilaba entre el verde y el marrón. Tenía el pelo revuelto y castaño, y las facciones de la cara muy marcadas. Una nariz respingona, pero no vulgar y se encontraba a pocos centímetros de ella.

“¿Quién eres?, ¿qué hago aquí?”

“Curarte, estás muy débil.”

“No me has contestado a la primera pregunta.”

“Soy el general Noah Chase, de las fuerzas especiales.”

Tras unas cuantas explicaciones y afirmaciones, volvieron al campo de batalla, pero esta vez a informar que se retiraban, les superaban en número y las bajas eran demasiadas.”

-¿Jane, Jane? ¿vas tú a por James o voy yo?

-Mejor los do, ¿no?

-Como quieras.

Fueron a por James, y se lo encontraron sentado junto a su abuelo, y éste le contaba una historia que parecía interesante.

-¡Mamá, papá, ya estáis aquí!

-Sí, pero nos tenemos que ir, es tarde y no queremos molestar.

Jane sabía que no le caía bien a los padres de Noah, no sólo porque les leyera la mente, sino porque se lo hacía saber por indirectas como: “No hace falta que os quedéis a comer, pero si se quieren quedar los chicos…” o “Cuando recojáis al niño no hace falta que venga ella, que si no la molestamos…” Pensándolo bien eran unas indirectas muy directas.

Una vez dentro del coche Noah preguntó:

-¿Qué historia te estaba contando el abuelo?

-Me estaba contando cómo se conocieron él y la abuela, ¿cómo os conocisteis vosotros? Nunca me lo habéis dicho.

-Bueno, tu madre y yo nos conocimos en la guerra de Afganistán, ella estaba…

Y como no, Jane entró en “el trance de los recuerdos”…

“¿Qué tal llevas la pierna coronel?”. Preguntó él con sorna. “Gracias por preguntar, pero bastante bien.” Él echó un vistazo a su pierna e hizo mala cara. “No parece que esté bastante bien, más bien parece infectada.” “¿Ahora eres médico o qué?” Preguntó ella. “Un poco, déjame echar un vistazo” Le quitó la venda y cogió un bote, desinfectante, supuso ella. Echó el líquido transparente en una gasa y la puso sobre la herida. Soltó un quejido y Noah preguntó: “¿Jane, estás bien?” Ella asintió y él siguió con la labor. Tras unos minutos que le parecieron eternos, él colocó una venda nueva y se fue a lavarse las manos. “Gracias” “¿Por qué?, desinfectar una herida no es muy difícil, lo hubieras podido hacer tú sola.” “No, por todo, si no hubieses estado allí…” A Jane se le humedecieron los ojos. “Lo importante es que estuve, y que estás bien.” Los dos sonrieron, y él selló sus labios con los de ella, y todo lo demás, por una vez, no importó.

 Clara Rivas Boronat, 2ºESO B

Un día, sin más, me desperté tranquilamente. Mi madre no estaba, pero me había dejado una nota diciéndome que el desayuno estaba preparado, se había ido a trabajar, otra vez demasiado pronto, para poder mantenernos a mis hermanas y a mí.

Aquella mañana todo iba bien, o por lo menos es lo que pensé yo al principio…

Llegué a la escuela y, de repente… Entré en clase y un tedioso clamor se fue acumulando en mi cabeza, eran los pensamientos de todas las personas que había en dicha aula. Fue muy duro oír cosas como “¡Madre mía como va vestida…!” o “¿De donde comprará la ropa esta niña…?” , pero bueno también cuando vi a mi mejor amiga, Sara, me sentí mucho mejor, porque lo que pasaba por su cabeza era “¿Qué haría yo sin esta chica?”. Y eso anuló todo lo demás. La situación en sí era bastante extraña, todo giraba a mi alrededor, todo parecía dar vueltas en mi interior y yo permanecía ahí, escuchando el pensamiento de las personas… No entendía nada.

Al llegar a mi casa pensé incluso que estaba loca, me tranquilicé por unos minutos y me fui a dormir, pensando que al día siguiente todo volvería a estar igual, pero ¿y si me gustaba la idea de tener algo único?. Algo que fuera sólo mío, algo que desde ese día me iba a hacer especial para siempre…

Octavio Ferrero Miró, 2ºESO B

Me desperté esa mañana y me sentí un poco raro. De repente oí un ruido, pero no era un ruido cualquiera, ¡era el ruido de un tren! Estaba en mitad de las vías del ferrocarril. ¡No me dio tiempo a reaccionar cuando el sonido de la trepidante locomotora se acercaba hacia mí!, Supuse que era el fin, pero de pronto aparecí en mi cama. Entonces pensé que podía haber sido un sueño, pero había sido tan realista…

Me vestí, bajé las escaleras y desayuné . Seguía pensando en mi “sueño”. Por curiosidad intenté concentrarme mucho, mirando a mi salón y… ¡Puf! Allí estaba mágicamente, en el salón, me asusté. Hice otra comprobación, concentrándome mucho en la cocina y… ¡estaba en la cocina otra vez! No sabía cómo, pero acababa de adquirir poderes de tele-transportación.

Salí a la calle, cuando vi a lo lejos a una mujer forcejeando con un hombre por un bolso de cuero, inmediatamente me tele-transporté detrás del ladrón, le cogí el bolso de la mujer y el hombre empezó a correr calle abajo, sin pensármelo fui corriendo detrás de él y cuando creí oportuno me tele-transporté delante de él. Se llevó el susto de su vida, le puse la zancadilla y se cayó de bruces en el asfalto. Llamé rápidamente a la policía, el ladrón permanecía en el suelo, la policía vino enseguida. Le pusieron las esposas y se lo llevaron.

Me giré dispuesto a volver a mi casa, y vi a la mujer a la que le había devuelto el bolso, me dio las gracias y me tendió un billete, yo lo rechacé con educación, me dio un beso en la mejilla y se fue.

Impactado por los acontecimientos, giré la calle cuando de pronto vi un coche enfrente mía, apunto de chocar contra mí, igual que en el sueño. Me desperté y fue entonces cuando me di cuenta de que todo no había sido nada más que eso: un sueño.

Clara Valero Cespedosa, 2ºESO B

Me desperté con una sensación extraña, estaba despierto pero parecía que seguía durmiendo. Empecé mi rutina de todos los días, la misma rutina monótona y aburrida. Me vestí, desayuné, me despedí de mi madre y salí de casa. Miré el reloj, llegaba tarde, bueno, tardísimo. Así que empecé a correr, tenía nueve minutos para cruzar la Gran Vía hasta llegar al instituto, cosa que no sería fácil. En esos momentos deseaba poder controlarlo todo, parar el tráfico y a las personas, y atrasar todos los relojes media hora, yo creo que eso sería algo fantástico, Madrid conseguiría media hora de tranquilidad; las personas, al ver que aún les quedaban treinta minutos para llegar al trabajo, se relajarían y no irían por las avenidas principales con la lengua fuera porque tienen cinco minutos más para llegar a sus oficinas. Todo sería más fácil, pero por desgracia no tenía ese poder, seguía siendo un chico cualquiera de trece años que sigue soñando como si tuviera nueve. Entré tarde a la primera hora y la profesora de Historia no me dejó entrar, así que me quedé en el pasillo. El resto del día fue sobre la marcha, como cualquier otro día de mi rutina habitual. Después de las clases me dirigí hacia casa, saludé a mi madre, comí, hice algún que otro deber del instituto y me puse a terminar mi maqueta, lo que me llevó casi toda la tarde, hasta la hora de dormir. Y me acosté.

Al día siguiente, me volví a levantar y continúe mi rutina habitual. Crucé, como cada mañana la Gran Vía, pero esta vez con un poco más de tiempo, me acordé del poder aquel en el que había pensado el día anterior. Y entonces todo se detuvo, todo menos yo, una sensación extraña y a la vez emocionante se apoderó de mí. Tenía un poder y eso no era algo que tuviera todo el mundo. Incrédulo fui a comprobar si también podía adelantar o atrasar el tiempo, y así fue. Hice volver todo a la normalidad y me dirigí al instituto. La mañana fue mejor de lo que creía, cuando me aburría, adelantaba la clase o incluso adelantaba dos horas para que no tuviéramos que darla. Gastaba bromas a los profesores y a mis compañeros de clase. Todo iba de maravilla, pero ya tocaba irse a casa. De camino a ella, hice lo mismo que en el instituto. Pero después de mucho adelantar y atrasar el tiempo y gastar bromas, todo volvió a ser como siempre, y me aburrí. Pasé la tarde como acostumbraba a hacer, aun teniendo un don, o eso creía, pero me daba miedo malgastarlo.

Me fui a dormir y al día siguiente, nada más levantarme, intenté adelantar el tiempo pero ya no pude, seguían siendo las siete menos cuarto. Intenté pararlo todo pero tampoco pude, fue algo muy extraño. Puede que todo hubiera sido un sueño, o puede que sí que hubiera tenido ese poder, pero no supe aprovecharlo y tal vez por ello, me fue arrebatado.

Lucía Valls Hernández, 2ºESO B

Yo era una niña normal de catorce años, aunque invisible para los demás, no tenía amigos y vivía centrada sólo en los estudios, “una friki”, como se suele decir, y también una cobarde. Todo parecía transcurrir como siempre: las clases, los mismos compañeros, los mismos deberes, hasta que noté que en mi interior algo no iba del todo bien, sentía como si una fuerza se apoderase de mi cuerpo y de mi mente…

Pasadas unas semanas ya no sentía nada, hasta que un miércoles lluvioso de noviembre me desperté, y noté algo raro. De pronto empecé a oir voces susurrando en mi cabeza, voces de otras personas. Me vestí y salí a la calle, ahí fue entonces cuando me di cuenta que lo que oía no eran voces, sino pensamientos, aún no podía creerlo, podía leer la mente. Sus deseos, sus opiniones, sus remordimientos, todo con sólo acercarme a una persona.

Aun sorprendida por la magnitud de mi superpoder, seguí caminando hacia el instituto, sin parar de mirar a mi alrededor. Cuando llegué a la puerta del instituto sonó el timbre y todos se dirigieron a sus respectivas clases; y mientras yo me dirigía a la mía, una de las chicas más presumidas del centro, pasó por mi lado y sin querer me choqué con ella y se le cayeron los libros, ella me insultó, diciéndome que yo era una patosa y una gafe. Yo no la escuchaba, estaba absorta en oír sus pensamientos, permanecí callada unos instantes hasta que le contesté, usando sus debilidades contra ella, haciendo que se pusiera a llorar. La culpa no era mía, sino suya, ella era la primera que había empezado. Ella se fue y yo entré en mi clase, me senté en el pupitre y empecé a escuchar los pensamientos de mis compañeros y de mi profesora. Era asombroso, no me imaginaba que mis compañeros tuvieran tantos problemas, no me había dado cuenta hasta ahora.

Cuando acabaron las clases salí al patio, y empezó todo, comencé a escuchar millones de pensamientos en mi cabeza, unos buenos y algunos malos, hasta ahora no me había dado cuenta de lo mal que lo podían pasar algunas personas más desgraciadas que yo. Los nervios se apoderaron de mí y empezó a dolerme la cabeza, era un dolor sobrehumano. Fue entonces cuando me desperté, solamente había sido un sueño, pero ese sueño me había hecho reflexionar.

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